Recorre América en moto y se enamoró del asado y el mate

03 Dic, 2017

Texto: Javier Alvarez   Foto: Juan Vargas.

Lleva unos 25.000 kilómetros en moto por América y otro tanto a dedo. Dice que los argentinos son “solidarios, ingeniosos, abiertos, buena onda y dispuestos a solucionar todo”. Cuenta sus problemas para trabajar en los trenes argentinos y la vez que casi se lo lleva la Policía. Además, su debilidad por las mujeres argentinas…

Atsushi Inaba salió de Japón hace algunos años cansado de trabajar 400 horas por semana por un dinero que apenas le alcanzaba para comer, voló a Canadá y desde ahí comenzó un largo viaje hacia el sur que lo trajo a la Argentina, país del que se enamoró y en el que se quiere quedar.

Dejó la casa de su abuela, sus padres y sus dos hermanos cuando tenía 24 años a fines de 2014, rompiendo las más conservadoras costumbres de vida de sacrificio de su país, donde existe una encumbrada aristocracia terrateniente e industrial que casi no da lugar al progreso de la clase obrera.

“Los jóvenes no ganan nada. En Japón los ingresos son por edad, al margen de las capacidades o el conocimiento. E incluso los adultos pueden tratar muy mal a los de menos edad, hay muy poco respeto”, relata el joven viajero.

En Toyama, un pueblo sobre la costa del mar de Japón a 300 kilómetros al noroeste de Tokio, la vida era extremadamente dura: primero cultivó arroz junto a su familia y luego trabajó en la construcción de casas de madera, de lunes a lunes, unas 400 horas semanales.

Un amigo electricista que había conocido Australia le dijo que había un mundo distinto fuera de la isla… otras culturas, otras formas de trabajar, de ganarse la vida, de pensar, de expresarse, de celebrar, de transcurrir, de vivir.

Para poder comprar un boleto de avión, Atsu aceptó someterse a un experimento médico científico que lo mantuvo internado en un hospital durante 40 días, realizándose siete extracciones de sangre por jornada, con lo que ganó unos 4.000 dólares.

El descubrimiento de un mundo distinto 

Mochila y guitarra al hombro, el joven voló a Canadá para comenzar a descubrir un mundo completamente nuevo: Occidente. “En Japón casi no sabemos lo que pasa en el resto del mundo, tenemos muy poca información, somos muy cerrados”, cuenta en un diálogo con NA.

Trabajó en Canadá hasta que se le terminó el permiso de empleo, voló a México y allí conoció a una pareja de hippies argentinos que le enseñaron castellano y le aconsejaron tocar la guitarra en la calle y en los trenes para hacerse de dinero.

Atsu convirtió a su pequeña guitarra acústica en su herramienta laboral y eso lo llevó a iniciar una larga travesía a dedo por Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia.

Allí conoció a otro argentino que le aconsejó ahorrar, por lo que cuando alcanzó los 600 dólares compró una motocicleta usada Suzuki GN 125 cc y se largó a las rutas sin conocer nada de mecánica, lo que le produjo varios dolores de cabeza.

Con dos bidones de plástico resistente armó baúles que cuelgan de los costados de la moto, lleva una mochila y su guitarra y un celular que sólo tiene acceso a Internet, el cual le permite usar mapas para orientar su marcha.

De Colombia bajó por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, norte de Argentina, Uruguay y ahora está en Monte Grande, Buenos Aires, en la casa de Sebastián Mauad, un viajero bonaerense que también recorrió parte de América a bordo de una estanciera, a quien contactó por internet.

Como en Japón hacia poco que habían conocido el crimen de una pareja japonesa en Ecuador, Atsu no le reveló a sus padres que estaba viajando por Sudamérica hasta que en la frontera de Perú y Bolivia le robaron sus documentos y tuvo que solicitar a su padre la partida de nacimiento para tramitar un nuevo pasaporte.

“Mi padre se enojó mucho y durante una semana tuve que rogarle por teléfono que me ayude. Mi padre es muy estricto. La embajada japonesa no me ayudó en nada. Pero mi padre se apiadó y me envió el papel, que tardó una semana en llegar”, explica.

Sebastián dice que cuando llegó, el japonés ya estaba argentinizado: conocía el mate, el folclore, el asado, Messi, y sostenía que las mujeres argentinas son las más lindas del mundo.

Atsu usa palabras como “bondi”, “quilombo”, “muy buen onda” y otras a las que los argentinos le dan sentido dependiendo de su utilización, como “hijo de puta” tanto para agredir como para destacar a alguien que logró una hazaña.

“Vino la Policía, fue un quilombo”

En el tren Mitre tuvo que enfrentar –por primera vez en su recorrido por 16 países- el ataque desquiciado de cuatro vendedores ambulantes que sintieron invadido su territorio y lo obligaron a usar sus conocimientos de boxeo para defenderse.

“Vino la Policía, fue un quilombo”, describe Atsu a NA al recordar aquel episodio ocurrido mientras él sólo intentaba ganarse unos pesos. “Encima, la vida aquí es muy cara, trabajo más para pagar sólo la nafta. Con lo que vivía una semana en Bolivia o Perú, en Buenos Aires sólo un día y medio”, explica.

Esa limitación económica es lo que lo hace pensar una y otra vez sobre su intención de seguir viaje hasta el sur, para llegar a Ushuaia. En los trenes toca rock, reggae y ahora le gustaría aprender folclore argentino, aunque “la rítmica de la chacarera es muy difícil”.

A pesar de la violencia en las calles, el joven dice que los argentinos son “solidarios, ingeniosos, abiertos, buena onda y dispuestos a solucionar todo” aunque sea de la manera más rústica: “El japonés no arregla nada si no tiene el tornillo original, acá lo atan con alambre y eso a mí me encanta”.

El japonés se sorprendió cuando Sebastián le enseñó a calentar agua sin fuego ni electricidad: una serpentina de bronce enredada en el caño de escape de la moto permite que el agua entre fría por una punta y salga caliente por la otra.

Así, este viajero recorre América y ahora, tras conocer la Argentina, dice que es el país en el que le gustaría vivir, aunque cuando se pone pensativo y mira el horizonte recuerda a su familia y reconoce sus añoranzas.

Atsu, que ya es un “matero” más en cualquier reunión de argentinos, se debate entre seguir como “vagabundo” por estas tierras de libertades o volver a trabajar 400 horas por semana en Japón, para lo que además necesita 3.000 dólares que no tiene.

Fuente Noticias Argentinas

 

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