Catástrofes ambientales, desafío mayor

27 Sep, 2017

Por Ricardo Lorenzetti, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación – Columna publicada en el diario Clarín.

En los hogares de casi todo el planeta se pudo ver el avance del huracán Irma generando preocupación y temor. Es importante no olvidar, no pasar rápidamente a otro tema, y permitirnos algunas breves reflexiones. El impacto inmediato de este tipo de catástrofes es visible: personas que mueren, animales que desaparecen, viviendas que se destruyen, patrimonios trabajosamente construidos que desaparecen en un instante, paisajes que cambian irremediablemente, enormes costos de reconstrucción, economías en depresión, masivos desplazamientos humanos, el sufrimiento en los sitios que no han sido filmados, las catástrofes que ocurren en lugares poco conocidos, y los padecimientos de los más vulnerables, que suelen ser silenciosos y no generan grandes repercusiones. Hay un sentimiento de temor, similar al que sentían los antiguos pobladores del planeta ante las tormentas, que nos hace pensar si la humanidad avanza o retrocede.

Entre los aspectos positivos puede contarse que la tecnología, la información y los sistemas de alertas permiten disminuir los daños; uno puede imaginarse lo que hubiera sucedido si el huracán hubiera aparecido repentinamente y hubiera encontrado a las ciudades con sus habitantes desprotegidos.

Pero hay algunos aspectos más generales que se estudian en el ambientalismo que son dignos de consideración.

En nuestra tradición cultural se ve con cierto menosprecio la búsqueda de equilibrio, asociándola al equilibrista, a la especulación, lo cual no es sino un reflejo de nuestra ignorancia.

Los sistemas precisan de la armonía, que no es una mera abstracción del idealismo, sino algo muy concreto.

La naturaleza va perdiendo su equilibrio y los extremos se acentúan. Por ejemplo, los huracanes son fenómenos comunes desde hace muchos años, pero su intensidad y capacidad de destrucción ha aumentado considerablemente. En nuestra región observamos algo similar: los inviernos son menos fríos, los veranos son más calurosos, hay más lluvias, más inundaciones en algunas regiones, más sequías en otras, los glaciares retroceden, el agua potable es cada vez más escasa y la demanda aumenta.

La salud humana es un equilibrio basado en premisas que están cambiando; los alimentos son distintos y aparecen nuevas enfermedades; el ser humano está preparado para la actividad, pero su vida es sedentaria; es sociable, pero cada vez vive más aislado estableciendo vínculos autistas con la tecnología.

La sociedad se sustenta en pilares que, cuando mudan, exhiben su fragilidad. Unas horas sin luz ni control policial hicieron que algunas personas vieran la oportunidad de saquear negocios y casas vacías. Imaginemos si en una ciudad se corta la energía durante una semana, puede ocurrir que haya saqueos, robos, violencia y que el contrato civilizatorio se quiebre.

La economía está fundada en variables que están cambiando. Ya no hay tanta ropa de invierno porque ya no hace tanto frío, el agua, que antes se desperdiciaba ahora tiene valor, el modelo de auto con nafta para pasear es algo que se está agotando en todo el mundo porque ya es inviable y el consumo ha generado una nueva economía basada en la utilización de los desechos: el postconsumo.

La naturaleza muestra signos de crisis: el calentamiento global, la desertificación provocada por la explotación excesiva de los recursos, la extinción de las especies, el agua potable, la calidad del agua, la contaminación de los océanos y muchos otros aspectos permiten señalar que hay un grave peligro que debemos enfrentar.

Frente a este enorme desafío, pensamos que no hay desafíos. En algunos casos porque creemos que es suficiente declarar que nos preocupa el ambiente, en otros porque nos enfocamos en las cuestiones urgentes y dejamos de lado lo importante. Nos gusta encontrar enemigos todos los días pero ignoramos lo que más nos amenaza: la catástrofe ambiental y nuestra indiferencia. La agenda cotidiana es una fiesta de la insignificancia, como diría Kundera. Estos llamados de atención deben ser atendidos y en esa línea es que se está hablando del “Estado ambiental de derecho”. Es decir, reconfigurar la gobernabilidad de modo que se pueda lograr armonía entre el sistema económico, social y ambiental.

 

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